Creí que tus palabras eran sinceras
y que cuando me hablabas de tu vida era porque
de alguna forma, esperabas que algún día formase
parte de ella. Porque cuando me contabas
tus problemas, era porque querías que te ayudara,
porque poco a poco iba formando parte de tí.
Pretendí entender tus noches de locura y me
reía contigo cuando muchas veces no tenía gracia.
Te defendía ante los comentarios hipócritas
de la gente que me daban a entender que tus noches
eran demasiado largas. Sólo quería que supieras que
estaba ahí y que si algún día querías que formase parte
de esas noches lo iba a hacer encantada. Tu error fue
dejarme escapar, pese a tu juventud avanzada y saber
perfectamente que me tenías, dejaste que aprendiera
a convivir con mis heridas hasta el punto en que te
olvidaste de seguir rodeándome con los brazos y
me dejaste libre. Tanto fue lo que te olvidaste de
seguir queriéndome, que ni tus palabras a tiempo,
ni tus sonrisas ensayadas, ni la más sinceras
de tus miradas pudo convencerme para volver
y aunque quizá sé, que ahora tú vuelves a ser mío,
también sé que yo tuya no lo seré nunca más.
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